Mi sistema de entrenamiento del karate
Orígenes, maestros, influencias y proceso de aprendizaje
Mi forma de entrenar no nace de una adhesión cerrada a una organización, sino de la búsqueda de principios técnicos coherentes entre distintas líneas de transmisión.
Iñigo López Menéndez
Introducción
Mi sistema de entrenamiento se ha construido a lo largo de varias décadas mediante la práctica continuada, la enseñanza, la asistencia a seminarios y la búsqueda de las raíces técnicas de la línea de karate en la que me formé.
No se trata de un método creado de una vez ni de la reproducción exacta de una sola escuela. Es el resultado de comparar sistemas, reconocer continuidades históricas y seleccionar herramientas que considero útiles para distintos niveles del aprendizaje.
Este texto expone ese recorrido personal. Las valoraciones sobre maestros, organizaciones y líneas técnicas proceden de mi experiencia directa y de las explicaciones recibidas durante los entrenamientos. No pretenden constituir una historia académica definitiva, sino explicar de dónde nace mi manera de comprender y enseñar karate.
Los primeros pasos con Sakae Sakakibara
Comencé a practicar karate en 1981 con Sakae Sakakibara, procedente de la Universidad de Nanzan. Su referencia técnica era Kachi Norio, alumno de la Universidad de Senshū, donde el instructor principal había sido Motonobu Hironishi, quien también ejerció como instructor jefe en el dōjō Shōtōkan de Funakoshi.
Yoshitaka «Gigo» Funakoshi, conocido como Waka Sensei, había sido instructor visitante en Senshū, al igual que su padre, Gichin Funakoshi. Sin embargo, la línea conservada por Kachi Norio respondía principalmente al karate de Gichin representado por Hironishi, posterior presidente de la Shōtōkai.
Kachi Norio creó la Nankū-kai como asociación vinculada a la Universidad de Nanzan y relacionada con la Shōtōkai. Su karate no seguía plenamente la evolución corporal desarrollada por Gigo, Okuyama y Egami. Conservaba una forma más rígida, asociada a la transmisión de Gichin y Hironishi.
En aquella época era habitual que cada universidad mantuviera pequeñas variantes en los kata y en determinadas técnicas. Estas diferencias funcionaban como una firma propia. Con el paso del tiempo, algunas asociaciones universitarias terminaron consolidándose como estilos o líneas diferenciadas.
La incorporación a la SKI de Kanazawa
Tras la muerte de Shigeru Egami en 1981, el grupo Nankū-kai se aproximó a Hirokazu Kanazawa, quien había creado la Shotokan Karate-Do International Federation. La incorporación se produjo mediante una serie de cursos, entre ellos uno celebrado en Loiu, Bizkaia, donde vi por primera vez a Kanazawa.
El cambio causó perplejidad a Sakae Sakakibara, tanto por las diferencias técnicas como por la cuestión de la continuidad de la tradición propia de la Nankū-kai.
Un ejemplo era el yoko-geri-keage, que no formaba parte del sistema que habíamos recibido. También surgían preguntas sobre el repertorio de kata: ¿debían conservarse los quince transmitidos anteriormente o adoptar el repertorio más amplio desarrollado por Kanazawa desde su experiencia en la JKA?
Aquella transición me permitió comprender muy pronto que la pertenencia a una nueva organización no es un simple cambio administrativo. Puede modificar el programa, la forma de ejecutar las técnicas y la interpretación de la tradición.
El trabajo con Osamu Aoki
En 1984 compatibilicé el entrenamiento con Sakae Sakakibara, tres días por semana, con la práctica dirigida por Osamu Aoki en Getxo, otros tres días semanales. Permanecí con Aoki durante aproximadamente diez meses.
Su trabajo era variado, detallado y especialmente eficaz para desarrollar la técnica básica. Esta experiencia me permitió reconocer una de las grandes fortalezas de la JKA: su metodología para descomponer, ordenar y entrenar los fundamentos.
Aunque más adelante desarrollé críticas profundas hacia determinadas afirmaciones históricas e institucionales de la JKA, nunca he negado la calidad de muchas de sus herramientas pedagógicas.
El comienzo de la enseñanza
En 1987 comencé a impartir clases en Leioa, Bizkaia. La enseñanza me obligó a observar el karate de otra manera. Ya no bastaba con ejecutar una técnica: debía comprender cómo explicarla, cómo corregirla y cómo construir una progresión que permitiera asimilarla.
A partir de ese momento, la metodología adquirió para mí una importancia tan grande como la referencia técnica. Un maestro puede mostrar un nivel extraordinario, pero un entrenador debe ser capaz de convertir principios complejos en experiencias comprensibles y reproducibles.
Félix Sáenz y el Shin Kuu Kan
A finales de 1990 regresé al Shin Kuu Kan de Getxo. Osamu Aoki se había trasladado a Alicante y el instructor principal era ya Félix Sáenz.
Félix Sáenz ha sido el mejor entrenador que he tenido, aunque distingo deliberadamente entre entrenador y maestro. Su metodología era extraordinaria y permitía desarrollar la técnica mediante un trabajo amplio, variado y progresivo.
Considero que su aportación al karate no ha sido suficientemente valorada. De él aprendí la importancia de diseñar ejercicios, cambiar estímulos y construir una enseñanza capaz de desarrollar al practicante, en lugar de limitarse a exigir la imitación de una forma.
Una búsqueda a través de seminarios y líneas
En 1991 inicié una etapa sistemática de asistencia a seminarios para conocer diferentes métodos y comprender su evolución. Volví a entrenar con Kanazawa y con instructores de la SKI como Ichikawa, Koga y Murakami.
También acudí a cursos del entorno de la ITKF con Hidetaka Nishiyama, Hiroshi Shirai, Naito y Kawazoe. Busqué los orígenes de los kata en el Shōrin-ryū, entrenando con Katsuya Miyahira y con instructores como Maeshiro, Higa, Nakamura, Nakazato y Chinen. Paralelamente, comencé a seguir a Taiji Kase.
La finalidad no era acumular maestros ni técnicas, sino identificar principios: qué utilizaba cada línea para generar potencia, cómo estructuraba el cuerpo, qué significado atribuía a los kata y cómo transformaba esos conocimientos en ejercicios de entrenamiento.
Taiji Kase: el nivel superior de la práctica
Taiji Kase me impresionó profundamente desde la primera vez que lo vi. Su kime, su energía, su dominio de los conceptos y la amplitud de sus variantes mostraban un mundo técnico enorme y, sobre todo, coherente.
Su karate no se apoyaba principalmente en la capacidad atlética. Expresaba una concepción de budō en la que la técnica, la intención, la distancia, el uso corporal y la energía formaban una unidad.
Tras la muerte de Masatoshi Nakayama en 1987, Kase pudo desarrollar públicamente su karate con mayor libertad. En mi interpretación, había respetado hasta entonces las jerarquías propias del sistema japonés. Su referencia inicial, Hironishi, había pertenecido a la línea de la Shōtōkai, aunque Kase recorrió posteriormente un camino técnico propio.
Seguí a Kase por distintos países europeos hasta su muerte en 2004. Fue el último maestro que me examinó: obtuve con él el tercer dan en 2001. Después de su fallecimiento decidí no volver a examinarme, porque no encontraba otra persona a la que reconociera esa autoridad sobre mi proceso.
El reencuentro con los kata de mi primera línea
En el trabajo de kata de Kase reconocí numerosas técnicas que había aprendido al comienzo con Sakae Sakakibara. La conexión resultaba comprensible: Kase y Kachi Norio procedían de la Universidad de Senshū, aunque Kachi pertenecía a una generación anterior.
Existían coincidencias en las posiciones, en ciertas formas de los kata y en detalles como la afirmación de Kase de que el yoko-geri-keage aparecía únicamente en Heian Nidan. Las posiciones fudō-dachi y hangetsu-dachi también se aproximaban a las que yo había recibido y diferían de algunas estandarizaciones posteriores de la JKA.
La diferencia principal estaba en el uso corporal. Kase integraba aquellas formas dentro de una dinámica y una generación de energía mucho más desarrolladas. Era como reconocer la estructura de mi primera línea y, al mismo tiempo, descubrir una dimensión que allí no había llegado a expresarse plenamente.
Distanciamiento respecto a la versión institucional de la JKA
Con el tiempo me alejé de las afirmaciones históricas de determinados instructores de la JKA. Observaba contradicciones entre sus explicaciones y los documentos o imágenes antiguas que conocía.
Un ejemplo fue escuchar que fudō-dachi no había existido anteriormente y que solo se había incorporado al karate Shōtō a través del kata Sōchin. Sin embargo, en imágenes de una edición antigua de Karate-dō Kyōhan podían observarse ejecuciones atribuidas a Gigo y Egami que, en mi interpretación, mostraban esa posición. Además, fudō-dachi y sōchin-dachi no son para mí conceptos idénticos.
Más allá de una discrepancia concreta, lo que me preocupaba era la utilización de una versión institucional como si fuera la única historia posible. Decidí mantenerme al margen de ese discurso y continuar investigando mediante la práctica, los testimonios y la comparación técnica.
La búsqueda de Egami y el encuentro con Harada
Después de leer los escritos de Shigeru Egami, busqué a personas que hubieran entrenado directamente con él. Así llegué a Mitsusuke Harada, con quien practiqué en varias ocasiones y a quien invité a impartir un curso en Bilbao.
Quería conocer la parte de la Shōtōkai que procedía de la secuencia Gigo-Okuyama-Egami. En el trabajo de Harada encontré conceptos sobre el uso corporal que podían relacionarse con la tradición técnica que estaba investigando, además de ejercicios de gran interés.
El desarrollo posterior de su grupo no coincidía completamente con mis intereses. Sin embargo, sus referencias históricas fueron fundamentales para unir piezas que hasta entonces aparecían separadas y comprender mejor las rupturas y continuidades de la línea.
Nishiyama y Shirai
El sistema básico y detallado de enseñanza de Hidetaka Nishiyama me pareció excelente. Su capacidad para analizar la técnica, ordenar sus componentes y convertirlos en ejercicios concretos ofrecía una herramienta pedagógica de enorme valor.
Hiroshi Shirai representaba, para mí, una combinación extraordinaria de influencias asociadas a Kase y Nishiyama. Su nivel técnico, su potencia y su capacidad de ejecución lo convertían en un karateka excepcional.
Katsuya Miyahira y el descubrimiento del Shōrin-ryū
Busqué a Katsuya Miyahira por el reconocimiento de su fidelidad técnica a la línea de Chōshin Chibana, su maestro, y por la relación de esa transmisión con Sōkon Matsumura. También me interesaba la conexión con Chōki Motobu y su trabajo sobre Naihanchi.
El encuentro con el Shōrin-ryū fue decisivo para comprender mi propia línea. Los kata okinawenses ofrecían otra perspectiva sobre el bunkai y permitían cuestionar aplicaciones que yo había conocido anteriormente y que resultaban poco convincentes desde una lógica combativa.
Me sorprendió especialmente la dinámica del Shōrin-ryū. Esa experiencia me llevó a preguntarme si la rigidez atribuida al karate de Gichin Funakoshi respondía realmente a la naturaleza original de su práctica o si estaba condicionada por factores como su edad y sus limitaciones físicas al llegar a Japón.
No puedo convertir esa pregunta en una certeza histórica, pero sí en una advertencia metodológica: copiar la forma visible de un maestro mayor no garantiza que se esté reproduciendo el modo corporal con el que practicaba en otras etapas de su vida.
Síntesis de mi sistema de entrenamiento
A lo largo de este recorrido, las referencias principales de mi método quedaron organizadas de la siguiente manera:
Taiji Kase como referencia para un nivel avanzado de karate, centrado en energía, intención, variantes, oyo-bunkai y budō.
Hidetaka Nishiyama como referencia para el análisis técnico y la metodología detallada del nivel básico.
Hirokazu Kanazawa como referencia complementaria, especialmente en determinados trabajos de kumite.
Mitsusuke Harada como fuente de ejercicios sobre el uso corporal y, sobre todo, de información histórica directa.
Katsuya Miyahira y el Shōrin-ryū como referencia histórica y técnica para comprender los kata, su significado y sus aplicaciones.
Félix Sáenz como modelo de entrenador capaz de construir progresiones variadas y eficaces.
No entiendo estos referentes como piezas aisladas ni como una mezcla arbitraria. Cada uno ocupa una función distinta dentro del entrenamiento. El nivel básico necesita estructura, detalle y herramientas pedagógicas. El nivel avanzado requiere transformar esas herramientas en dinámica, intención, adaptación y libertad técnica.
El estudio del Shōrin-ryū permite revisar el origen y la función de los kata. El trabajo de Kase ayuda a desarrollar sus posibilidades en el oyo-bunkai. Nishiyama aporta los instrumentos para descomponer y enseñar. Harada ayuda a comprender una línea corporal e histórica. La experiencia como profesor obliga a convertir todo ello en un sistema accesible para otras personas.
Conclusión
Mi sistema de entrenamiento no pertenece de manera exclusiva a una única organización. Nace de una línea concreta, pero se ha enriquecido mediante el contraste con maestros y escuelas diferentes.
Conservar la tradición no significa inmovilizarla. Significa conocer de dónde procede cada técnica, comprender por qué se transformó y comprobar qué valor conserva en la práctica.
La metodología debe servir al desarrollo del practicante. La historia debe ayudarnos a interpretar las técnicas. Los kata deben estudiarse desde su estructura y desde su posible aplicación. El nivel avanzado debe trascender la repetición mecánica para integrar cuerpo, intención, distancia y energía.
Mi objetivo es mantener viva una forma de investigación: aprender de la tradición, contrastarla en el entrenamiento y transmitirla sin convertirla en dogma.
Los conceptos de defensa, kata, niveles técnicos y metodología de entrenamiento requieren un desarrollo específico. Serán objeto de otros textos complementarios.